El tren de la terapia y el tren de la vida.

Cuando Samsa utilizó esta metáfora en el congreso Prospectivas Ecológicas del año 2020, me hizo darme cuenta inmediatamente de un error que estaba cometiendo con mis pacientes.

En palabras, siempre he mantenido la importancia de que la recuperación no tiene que ver con el movimiento, sino con la persona y su capacidad para volver a coincidir con su vida, pero en la práctica me di cuenta de que no aceptaba de buen grado que el paciente se bajara de mi tren terapéutico y se subiera al tren de la vida.

Como rehabilitador, cuando te haces cargo de un paciente, aceptas un reto hecho de éxitos, fracasos, momentos de euforia y otros tan oscuros como la noche. Sabes que el objetivo a alcanzar es cada vez más grande que tú y pones en juego energías que no creías tener porque sabes que será un camino cuesta arriba y lleno de obstáculos; el paciente no se fracturó el dedo meñique, sino que sufrió daños en el cerebro, el órgano más complejo y desconocido.

A pesar de ello, empiezas a ver las primeras mejoras y sabes que vas por el buen camino, pero querrías más y más, además, empujas al paciente más allá de sus límites, quieres que haga más ejercicios y que traslade lo que aprende contigo en la terapia a su vida diaria, no aceptas que dejes nunca ningún resquicio para la enfermedad que siempre está ahí, al acecho, recuperando lo que le hemos robado con tanto esfuerzo juntos.

Pasan las semanas e incluso los meses y con extremo esfuerzo empiezas a estar satisfecho con tu trabajo y con la evolución de tu paciente, pero mientras tanto también empiezas a sentir que ya no es tuyo, o más bien que nunca lo fue, y que su vida llama con fuerza a su puerta para pedirle que la viva, es una vida inquieta porque ya no tiene intención de esperar la recuperación o el progreso que ambos soñamos.

Así que el paciente recupera sus espacios, algunos no los recuperará y otros nuevos ocuparán su lugar, pero aquí es donde me sentí como si alguien me quitara mi hermoso bloque de mármol, cuando aún tenía el cincel en la mano y después de pasar meses esculpiendo, modelando e imaginando la belleza de la obra terminada.

Quiero proteger al paciente porque sé que la complejidad de la vida supera su capacidad para manejar su cuerpo, y empiezo a ver una ralentización en la recuperación y en algunos casos incluso la pérdida de algunas de las adquisiciones realizadas con tanto sacrificio; si por casualidad viera un post en las redes sociales con una foto de una de sus salidas, mi ojo se posaría en su mano y pensaría en cómo la habría agarrotado sin cuidado, perdiéndome así su mirada llena de satisfacción por haber recuperado el control de un trocito de su vida.

Ahora que describo mi comportamiento parece grotesco, pero es la verdad de lo que ocurría en mi pequeño mundo interior.

He escuchado la charla de Samsa que preparó para la edición del II congreso italiano de este año 2021 y cuando dice:
“Ahora vivo (Y ) hago rehabilitación, la relación entre ambos ha cambiado”.

Me ayuda a comprender que el paciente nunca fue mío y que mi mandato era precisamente facilitar esta transición entre los dos trenes y ayudar al paciente a reconciliarse con su vida al máximo.


Gracias Samsa Gregor

 

Dr. Valerio Sarmati
Director Neurocognitive Academy
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